La omnisciencia y la sabiduría de Dios

La omnisciencia y la sabiduría de Dios

La omnisciencia y la sabiduría de Dios son atributos hermanos, nos muestran la gran mente de Dios y nos permiten comprender mucha de las cosas que suceden en este mundo. Pero también nos dejan maravillados, puesto que no podemos llegar a pensar, ni siquiera un poco, como Dios piensa, o al menos saber un poco de lo que el sabe.

¿Como se relacionan la omnisciencia y la sabiduría de Dios?

En la confesión Belga observamos que se toman estos dos atributos como uno sólo, primero, porque ambos atributos tienen que ver con el conocimiento de Dios; y segundo, porque la omnisciencia y la sabiduría no están desconectadas la una de la otra. Su sabiduría no está separada de su conocimiento perfecto de todas las cosas, ni su conocimiento, de su modo de actuar.

En Isaías 40:13-15, el pasaje que cita la confesión Belga, vemos que la Escritura toma ambos atributos como si fueran uno sólo. El Espíritu de Dios no necesita ser instruido por alguien, ya que sabe todas las cosas; pero tampoco, nadie le aconsejó ni le enseñó el camino de la prudencia. Dios conoce todas las cosas y es totalmente sabio.

Sin embargo, para asuntos prácticos y de claridad, es necesario hacer una distinción entre ambos atributos. Aún las dogmáticas reformadas, tales como las de Berkhoff, Hodge, y Veleman, los tocan de forma separada. Por eso, en esta clase nosotros también los veremos así.

La Omnisciencia de Dios

Este atributo significa que Dios conoce todas las cosas de una forma completa; tiene un conocimiento claro y profundo de todo lo que existe, tanto de modo general u holístico, como también de cada parte y detalle, así sea molecular, de todas las cosas.

Es más, el conocimiento de Dios se extiende hasta más allá del tiempo y de las cosas creadas; él conoce la eternidad, y la gran cantidad de resultados que podrían surgir de alguna situación, aun cuando ellas nunca ocurran (Sal. 139: 1-4, 11-12, 15-16).

Ahora bien, es necesario observar que el conocimiento de Dios se extiende hacia las siguientes áreas:

Sobre sí mismo

El hombre no puede conocerse plenamente a sí mismo; ni cómo funciona totalmente su cuerpo, ni la totalidad de los deseos, ni las virtudes y pecados que hay en él. Nuestro conocimiento sobre estas cosas es parcial, nos conocemos muy poco a nosotros mismos. Pero esto no es así con Dios. Dios se conoce totalmente a sí mismo. Entiende quién es él, cuáles son sus planes, sus deseos, y su voluntad (1Cor. 2:10-11; Jn. 1:15). Por eso es que 2 Timoteo 2:13 dice que Dios no puede negarse a sí mismo; pues él se conoce y entiende totalmente.

El tiempo

Ahora bien, Dios tiene un conocimiento pleno del pasado, presente y futuro. Dios conoce totalmente todo lo que sucederá en el futuro en su totalidad, y esto es porque el determinó todo lo que habría de suceder. En Hechos 2:23, se dice que Cristo fue crucificado por los judíos según el previo conocimiento de Dios y su predeterminación. Lo que quiere decir que Dios tanto conocía como determinó lo que habría de suceder desde la eternidad (Sal. 139:4, 16).

El hombre

Salmo 19:12 declara la verdad acerca del hombre, él no puede discernir profundamente sus pensamientos y deseos. No es capaz de ver la totalidad de sus pecados, pues algunos le son ocultos. Pero esto no es así con Dios, ya que él juzga y discierne totalmente la mente y el corazón del hombre; conoce sus pensamientos, juzga las intenciones, ve claramente lo que hay en el corazón del hombre (1Sam. 16:7; 1Cr. 28:9; Apo. 2:23; Sal. 33:15; ). También conoce todo lo que los hombres hacen, no hay ninguno de sus caminos que esté oculto ante sus ojos (Job. 23:10; 24:23; 31:4).

La vida

En el salmo 37:18 se dice que Dios conoce el tiempo de vida de sus hijos. Sin embargo, este conocimiento no sólo se limita a los escogidos, sino también a todos los hombres. Dios conoce la duración de vida que cada ser humano tuvo, tiene y tendrá alguna vez. Es más, conoce todos los sucesos que rodean y provocarán dicha muerte.

Marcos 7:6 tiene una exhortación muy importante para nosotros, ya que nos enseña a ser íntegros de corazón para con Dios. Delante de los hombres podemos aparentar virtud, bondad, santidad y compromiso. Pero a Dios no podremos engañarlos. En el día final seremos juzgados, también por las intenciones y deseos de nuestro corazón. En este pasaje, Jesús nos enseña que Dios no quiere simples cumplimientos externos de su ley.

Su voluntad es que le amemos de un corazón, con un amor sincero y comprometido. En lo primero que cada creyente debe preocuparse es que en Dios mira lo que hay en su corazón, y por tanto, esto llevarlo a buscar gracia para que su corazón sea recto delante de Dios. ¡El conoce todos nuestros deseos! Por tanto, nuestro cristianismo debe ser real, y no falso. De lo contrario, Dios mismo nos rechazará en el día final, cuando revele lo que realmente había en nuestro corazón.

La Sabiduría de Dios

El atributo anterior es más teórico, tiene que ver más con la mente, pero la sabiduría es un atributo más práctico, es un conocimiento llevado a la acción. La sabiduría de Dios puede definirse como el atributo por el cual Dios usa los mejores medios posibles para alcanzar sus propósitos, obteniendo siempre los mejores resultados. Esta definición es sacada de la dogmática de Louis Berkhoff. Esta sabiduría puede verse en tres ámbitos, la creación, la providencia y la redención.

La Creación

Todo lo creado demuestra la sabiduría de Dios. La complejidad, grandeza, y belleza del mundo le dan la gloria al entendimiento de Dios. El Señor hizo las cosas de un modo que se complementen entre sí (Sal. 104:5-15; Pro. 27:31). Cada cosa creada tiene su papel dentro del mundo. Y las diferencias más que dañar a la creación, ayudan a su buen funcionamiento. Hace un tiempo vi un documental donde hablaban de la importancia de los lobos.

En Yellowstone hicieron un experimento, introduciendo a los lobos, después de 70 años al ecosistema. Resulta que alces habían aumentado en gran manera por causa de la extinción de los lobos. Esto hizo que la vegetación y el número de árboles disminuyera en gran medida. Esto a su vez, disminuyó el número de castores, porque no había árboles para que ellos hicieran sus represas.

Cuando los lobos fueron introducidos en 1995, todo mejoró. El número de alces disminuyó, y la vegetación creció; lo que a su vez hizo, que bosques que parecían muertos, volvieran a crecer; lo cual trajo más aves cantoras; el número de conejos, ratones y otros aumentaron, porque los lobos se comían a los zorros, sus depredadores; lo cual aumentó el número de Aguilar en Yellowstone.

Tanto fue el cambio que los lobos hicieron al ecosistema, que aún los ríos cambiaron. Resulta que como los alces se comían la vegetación, la tierra se volvía muy débil, y había demasiados derrumbes, afectando a los ríos y animales acuáticos. Cuando los lobos fueron introducidos, y los ciervos se redujeron, estas zonas se fortalecieron, y los ríos tomaron su rumbo nuevamente, dando vida a cientos de especies.

Esto demuestra que la creación se complemente de forma perfecta. Y esto es así porque Dios hizo el mundo con sabiduría.

La Providencia

Su sabiduría también se ve en la historia, Dios orquesta todos los hechos, tanto malos y buenos para su propia gloria. A vece nosotros nos quejamos, y cuestionamos la voluntad de Dios por algo malo que nos está sucediendo, sin saber, que Dios en su inmensa sabiduría, colocó esa situación allí exactamente para glorificarse a sí mismo (Prov. 16:4; Job. 42:2-6; Rom. 11:32-36).

En Romanos 11: 32-36, Pablo dice que Dios determinó que los Israelitas cayeran en desobediencia, para así salvar a los gentiles; y que al salvar a los gentiles, los Israelitas incrédulos, pudiesen tener celos y creer.

Es decir, Dios usó la desobediencia del pueblo de Israel para glorificarse a si mismo, y tener misericordia tanto de unos como de otros. La sabiduría de Dios es tan inmensa que se vale aún de los hechos más perversos y catastróficos para darse la gloria a sí mismo. Por ejemplo, el pueblo de Israel fue llevado a Egipto y esclavizado, para que Dios pudiera mostrar su poder en las 10 plagas. En Romanos 9:17, Dios dice que él endureció el corazón del Faraón, para que no dejara a ir a los israelitas, y de esa manera, poder mostrar su gloria y poder, y llevarse toda la honra de los hechos.

Dios se vale de todo lo que acontece en este mundo, tanto bueno como malo para alcanzar su objetivo más importante, su propia gloria. Pero también, todo lo que sucede lo permite para el bien de sus escogidos. “Todas las cosas ayudan para bien para los que aman a Dios” (Rom. 8:28).

La Redención

Jesucristo y la salvación en sí misma son la mayor demostración de la sabiduría de Dios. Externamente, parece una necedad creer que una persona que murió en un calvario, tenga la capacidad de salvar a alguien.  El ser humano piensa en un salvador, como alguien fuerte, imponente, y victorioso (1Cor. 1:24-25).

Pero la sabiduría de Dios presentó a Cristo crucificado en una cruz, tropiezo para los judíos y locura para los gentiles. Sin embargo, los pensamientos de Dios no son los de los hombres, y sus conceptos no son iguales. Pues era necesario para poder salvar eternamente a alguien, que Cristo fuera humillado de esa manera. Y al final, ni la fuerza ni la valentía humana pueden salvar a nadie, solamente Jesucristo. De esta manera, los propósitos de Dios de salvar a sus escogidos, aunque sean locura para los hombres, sólo pueden llevarse a cabo por Jesucristo. Aunque a los hombres no les agrade esta idea, a Dios si.

Y en cuanto a la salvación, la Escritura dice que Dios rechazó a los sabios y eruditos de esta época, y decidió escoger a lo peor y a lo vil del mundo, para avergonzar a los sabios. Quizás a alguno parezca una locura, pero la necedad de Dios es más sabia que la sabiduría humana. De modo que al final, son los humildes los que realmente serán salvos.

En Isaías 55:8-9 Dios nos enseña que en todo lo referente a la creación y preservación del mundo, y a la salvación Dios es más sabio que nosotros. A veces nos creemos más sabios que Dios; creemos que nuestra opinión sobre la vida, la política, el matrimonio, u otra cosa, es mejor que la de Dios.

Cuando nos sucede algo en lo que sufrimos, tendemos a cuestionar a Dios por ese sufrimiento, como si nosotros fuéramos mejor que Dios. O en cuanto a la salvación o sus mandamientos, decidimos creer o hacer lo que mejor queramos, no sabiendo que Dios nos ha dicho que el fin de ello es la muerte. La sabiduría de Dios debe hacernos bajar la cabeza en sumisión y decir: “Dios tú lo sabes todo; creeré y hará lo que tú me digas; buscaré tu consejo en todo lo que haga; y exaltaré tu sabiduría, en todo lo que me suceda y viva, así yo sufra, porque tú sabes por qué lo haces”.

Debemos reconocer que la sabiduría de Dios es mayor a la nuestra y vivir una vida conforme a ello.

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