John Wesley predicando al aire libre

Haz obra de evangelista: un llamado pastoral a predicar a los incrédulos

Una de las ordenanzas que más se suele olvidar con respecto al oficio del pastor es que este tiene que hacer obra de evangelista. Pero no solamente se olvida, sino que también se distorsiona.

Al día de hoy muchos asocian a los evangelistas con predicadores que tienen una escasa o nula relación con la iglesia local, que no dependen de la supervisión eclesial y que van de lugar en lugar predicando el evangelio a los perdidos. No obstante, en la Escritura, el ministerio del evangelista parece ser algo completamente distinto a lo que estamos acostumbrados a ver.

¿Qué es un evangelista?

El término evangelista aparece unas pocas veces en las páginas del Nuevo Testamento (tres veces en total: 2 Ti. 4:5; Ef. 4:11; Hch. 21:8). En términos generales podemos entender que un evangelista es alguien que proclama el evangelio. No obstante, como sabemos, este título no es otorgado a todos los creyentes, sino que, bajo a la observación bíblica, podemos concluir que siempre se relaciona con algún tipo de cargo oficial dentro del pueblo de Dios.

Así vemos que, a Timoteo, un pastor, se le llama hacer obra de evangelista. Felipe, quien fue uno de los primeros diáconos, es el único quien es llamado como tal en la Biblia y este oficio aparece de forma especial en la lista de oficiales (al parecer relacionado con los apóstoles) de Efesios capítulo 4. Louis Berkhof y otros teólogos reformados, consideran que este era un oficio extraordinario y, por tanto, temporal.

En el texto de Efesios logramos notar que este oficio se distinguía del pastor y maestro, por un lado, pero también de los profetas y apóstoles. Por la manera como se usa en las Escrituras podemos decir que el oficio del evangelista era uno que estaba relacionado con el oficio del apóstol en cuanto a la tarea de evangelizar, bautizar convertidos y plantar iglesias.

El nuevo diccionario Certeza afirma en este sentido que:

Si bien los apóstoles eran evangelistas, no todos los evangelistas eran apóstoles.

Pero veamos más de cerca un personaje que es catalogado como evangelista para que podamos observar de que trata la obra que le compete a los ministros de la Palabra.

Felipe: el único retrato que tenemos de un evangelista

Como mencionamos anteriormente, el único quien lleva el título de evangelista en el Nuevo Testamento es Felipe. De modo que al observar su vida y obra podríamos obtener luz sobre que hacía un evangelista en tiempos del primer siglo.

En primer lugar, notamos que él, de manera especial, se le menciona como alguien que proclamaba el evangelio de manera pública y con muchos milagros, de forma que una gran multitud se reunía para escuchar el mensaje. Tal fue su ministerio en una ciudad de Samaria que muchos se regocijaban con su presencia (Hch. 8:4-7).

En segundo lugar, notamos que, por causa del ministerio de Felipe, muchas personas creían en el mensaje, al igual que se bautizaban para el perdón de pecados (Hch. 8:12), abandonando su relación con falsos mitos e idolatrías como eran las mentiras de Simón el mago.

En tercer lugar, era alguien que era movido de manera sobrenatural por Dios para confirmar la salvación del etíope y así bautizarlo (Hch 8:26-40).

Como vemos, el ministerio de Felipe estuvo centrado en la predicación del evangelio, en la confirmación de los nuevos creyentes, en la exposición privada y pública ante aquellos que estaban apartados de Dios por ignorancia o a causa de sus pecados. Sin temor alguno podemos afirmar que el ministerio de un evangelista es predicar el evangelio tanto en las plazas públicas como en las casas privadas, llamando a los no convertidos al arrepentimiento y la fe, confirmándolos y bautizándolos dentro de la iglesia del Señor.

Entonces, ¿Qué significa hacer obra de evangelista?

En vista de todo esto, podemos decir que el llamado para los pastores como Timoteo es a ocuparse al evangelismo como un heraldo del evangelio. Si bien nosotros los pastores no podemos llamarnos evangelistas, debemos hacer la obra de ellos, es decir, predicar el evangelio a los no convertidos.

Sin duda, este es un llamado especial para los pastores, mucho mayor que la típica responsabilidad que se le es otorgada a todo creyente. Nosotros los pastores tenemos un llamado de parte de Dios en este texto a hacer aquello que hizo Felipe en Samaria o lo que hizo con el etíope junto al camino de Jerusalén a Gaza.

¿Cómo haremos la obra de evangelista?

Los ministros muchas veces estamos demasiado ocupados con muchísimas cosas, en especial cuando no nos dedicamos al trabajo pastoral a tiempo completo. Miles de cosas surgen día a día, y predicar domingo tras domingo de manera ininterrumpida puede llegar a ser agotador para nosotros.

De modo que agregar otro deber más a la lista, puede ser desesperanzador para algunos. Pero, no podemos aligerar nuestra carga. Nosotros, los ministros de la Palabra, al igual que los apóstoles, necesitamos dedicarnos a la oración y la predicación (lo cual incluye hacer obra de evangelista).

A veces nos quejamos porque los miembros no se animan a evangelizar, ¿Pero acaso están viendo un ejemplo de ello en nosotros? ¿Ven que estamos cumpliendo con nuestro deber en este sentido? ¿Podemos decirles que nos imiten como nosotros hemos imitado a Cristo en este aspecto? Hermano, que bendición es para tu iglesia que ellos puedan ver que su pastor, a pesar de sus tantas ocupaciones y dificultades, hace el esfuerzo de traer almas a los pies del Señor.

Creo que muchos de nosotros necesitamos arrepentirnos de verdadero corazón delante de la presencia del Señor, exclamando con dolor y arrepentimiento “¡No he hecho la obra que me llamaste hacer!”

Pero no basta solamente con una confesión, es necesario hacer la obra: visitar al incrédulo, predicar en las plazas, proclamar de casa en casa el mensaje de salvación, abrir puertas donde estén cerradas y orar con todo denuedo para que Dios nos use como pescadores de hombres.

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